Todos experimentamos, con mayor o menor frecuencia, momentos o situaciones de conflicto. Ya sea con desconocidos, con conocidos o con las personas más próximas y queridas: nos molestamos, nos incomodamos, nos enfadamos, nos indignamos,… Algunas corrientes espirituales facilitan y promueven dejar atrás estos sentimientos para vivir con más plenitud. Es verdad que libres de ellos vivimos más tranquilos y hacia allí esperamos ir todos. La realidad, sin embargo, es que a veces surgen porque también el conflicto forma parte de la vida. Lo deseable con respecto a las emociones que nos resultan desagradables no es erradicarlas, sino aprender a relacionarnos con ellas de una manera sana.

Algunas pistas para ello:

No dejarnos llevar por la emoción.

Metafóricamente se trataría de poder hacer un pequeño paso al lado, como si quisiéramos observarnos desde fuera. En lugar de dejarnos llevar por nuestro discurso mental (o verbal) enfadado, se trata de poder parar un momento antes y de quedarnos solamente con el “estoy enfadada”. En lugar de entrar en un discurso de los porqués de nuestro enfado (que nos distrae y nos lía), se trata de darle espacio y legitimidad a lo que estoy sintiendo.
 

Vivirlo en primera persona.

Pasar del fácil y trillado “porque tú…” o el “me haces enfadar” al “yo me enfado”. Parece una tontería pero este simple giro en el foco de nuestra atención está lleno de beneficios, como un batido verde. Con este ejemplo se entiende muy fácilmente: si digo “la lluvia me deprime” le estoy pasando la responsabilidad de mi estado de ánimo a la lluvia y además le estoy confiriendo superpoderes sobre mí: la lluvia es la protagonista de esta historia. En cambio si digo “cuando llueve yo me deprimo”, yo soy la protagonista, yo soy responsable de mi estado de ánimo. Este giro abre espacio para mi autoconocimiento y me da la posibilidad de actuar. Además, y también muy importante, dejo a la lluvia en paz.
 

Escuchar su mensaje.

Igual que con el cuerpo físico escuchar al síntoma nos puede llevar a encontrar el origen de la enfermedad, con el cuerpo emocional o espiritual pasa lo mismo. Detrás de una emoción desagradable hay una necesidad que no está siendo atendida. Si en una situación de conflicto puedo ser capaz de poner el foco de atención en mí en lugar de fuera y de darle espacio y legitimidad a lo que estoy sintiendo, el siguiente paso podría ser preguntarme: “¿qué necesito?”, “¿qué estoy necesitando?” o “qué necesitaría?”.
 

Buscar la unidad mínima.

Algunas veces aquí podemos liarnos y volver a poner el foco en el otro: “necesito que tú…”. Hay que estar atentos ahí porque es muy fácil. Quizás es lo primero que nos sale, y está bien, pero conviene ir más allá. Ok, y qué más hay. Algo parecido a preguntarnos: “En el fondo, en el fondo, en el fondo, ¿qué necesito?”. Y suelen ser cosas muy básicas.
 

Para terminar, también está bien poder tener en cuenta que el otro, por más irritante, desagradable o incluso despreciable que nos pueda parecer, también tiene, como yo, sus heridas y necesidades. Poder mirar al otro desde ahí nos ablanda la mirada y el corazón.

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