Detecto un problema. Debo identificar de dónde parte. Tengo que hablar con esa persona que conoce la situación, o bien, que ha iniciado el procedimiento, lo ha validado o supervisado. Vaya… ¿Con esa persona? ¿En serio? Pues va a ser difícil. Mira, ¿sabes qué? Le envío un e-mail.

¿Cuántos de nosotros hemos seguido esa secuencia de pensamientos alguna vez? ¿En cuántas ocasiones no abordamos comunicaciones complicadas, porque nos cuesta ponernos ante ese alguien? Afrontar determinadas conversaciones nos incomoda, nos hace sentir intranquilidad y, en según qué casos, hasta miedo.

¿Hablamos?

Y es que la comunicación entre personas de un mismo equipo no siempre es fácil, incluso cuando se trata de hablar entre equivalentes jerárquicos. Nuestra particular visión sobre cómo deben hacerse las cosas no siempre coincide con la de nuestros compañeros. Del mismo modo, nuestros deseos, anhelos y aspiraciones dentro de la organización pueden chocar con las de otras personas. Es obvio que cada persona tiene sus razones y argumentos para defender su postura y es lícito que así sea.

Tú como yo

Antes de cualquier comunicación, sea conflictiva o no, es recomendable tratar de ver a la otra persona como un igual, más allá de su ubicación jerárquica. Sea quien sea tu interlocutor, ante ti tienes una persona que quiere hacer las cosas como cree que es mejor hacerlas, que se preocupa, que a veces se siente sola, que también es vulnerable y que tiene su propia visión del mundo. Mirarle de esa manera te permitirá sentirla más cercana y te ayudará a afrontar una comunicación difícil.

Conectar con la propia necesidad o anhelo y validarlo

Es clave tener claro cuál es el objetivo que vas a defender antes de ir a por él. Y nada mejor para eso que contactar con la necesidad o anhelo que te aboca a esa conversación, aclarar contigo mismo lo que te está pasando y convertirlo en argumentos que sustenten tu petición.
Es muy importante haber hecho las paces previamente con esas partes de ti que pueden boicotearte en el momento clave. Así, debes estar seguro de qué posición vas a defender, sabiendo que es la postura con la que te sientes cómodo. Debes también definir qué es lo que de verdad quieres decir y abordar la conversación, seguro de que no estás rumiando argumentos internos que colisionan entre sí. Por eso, es necesario encontrar antes un punto de equilibrio con aquellas partes de ti que no están del todo de acuerdo internamente. Ponte de acuerdo contigo mismo antes de enfrentarte a alguien con quien también debes llegar a un acuerdo.

Lo bueno si breve…

Concreta tu petición de la forma más sintética posible. No aproveches una comunicación delicada sobre un aspecto concreto para soltar el rosario de afrentas o de peticiones que tienes pendientes desde tiempo inmemorial. Es mejor que una conversación compleja lleve un solo asunto complejo que resolver y que no aproveches la ocasión para tratar varias cosas en esa misma sesión. Lo más probable es que si te alargas con más temas, el interlocutor se canse antes y pierda el interés, de forma que sería contraproducente para ti tratar varios asuntos a la vez.

Los límites y la solución intermedia

Cuando hay un conflicto, no siempre es necesario salirnos del todo con la nuestra, sino que existen espacios en los que las partes pueden ceder y encontrar un lugar aceptable para ambas. Por eso es importante que tengas identificados cuáles son los límites que te has marcado y que son irrenunciables para ti y que sepas dónde está tu espacio de negociación. ¿Qué puedes ofrecer para facilitarle las cosas a la otra parte y en qué no estás dispuesto a ceder?

Responsabilízate de tu propia necesidad: deja libre al otro

Cuando abordamos este tipo de comunicaciones, debemos ser conscientes de que la mayor parte de lo que percibimos como “objetivamente necesario” es una necesidad propia. Es un anhelo nuestro y, por tanto, nos guste o no, la otra persona no tiene por qué verlo igual. El receptor debe poder sentirse libre para decir sí o no, y la necesidad que hemos manifestado seguirá siendo nuestra. Es importante que veas que el resultado de esa conversación no solo depende de ti y por tanto, no tiene tanta importancia que lo hagas todo bien y según lo previsto.

Cuidarse y cuidar

Si el resultado de la conversación es positivo para ti, ¡enhorabuena! Es momento de celebrarlo y recordarlo para otras ocasiones en las que tengas que afrontar una conversación difícil. Puedes revisar qué has hecho bien para hacerlo de la misma forma en el futuro y también qué aspectos puedes mejorar.

¿Y si no sale bien? Trata de no fustigarte ni de rumiar venganzas que solo van a envenenarte y hacerte sentir peor. Ninguna guerra soterrada, ni ninguna alianza con objetivos oscuros van a hacer que la situación mejore. Por tanto, busca vías que puedan ayudarte a suavizar la frustración o alternativas que te permitan sentirte más cómodo dada la situación. Si nada de eso es posible, trata de encaminarte hacia la aceptación. Muchas veces, en el entorno laboral existen situaciones que no están en nuestras manos cambiar y hemos de aprender a convivir con ellas o a tomar otro tipo de decisiones si no podemos asumirlas.

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