A veces la vida fluye sola, los cambios se suceden de manera natural y nosotros simplemente vamos dejándonos llevar por ella. Otras veces, sin embargo, parece que este flujo se detiene para colocarnos ante una encrucijada. En estas ocasiones sentimos que el peso de que la vida siga avanzando recae en nuestros hombros.

“¿Cambio de trabajo o sigo en este?”, “¿lo dejo todo para irme a vivir al extranjero o sigo aquí?”, “¿me separo o sigo apostando por esta relación?”… Son grandes dudas vitales y la persona que se encuentra en esta tesitura puede vivirlo con gran angustia. Pero también hay quien vive con mucha incomodidad las pequeñas decisiones que hay que tomar a diario: “¿Le llamo o no le llamo?”, “¿voy o no voy?”, “¿lo quiero verde o azul?”,… Y es que tomar decisiones puede ser fuente de gran malestar. Mejor dicho, la sensación de tener que tomar una decisión, ese “tengo que” que nos mantiene ahí dándole vueltas al asunto, es lo que genera el malestar.
 

La anhelada solución

Creemos que encontraremos la solución pensando y pasamos rato y rato rumiando, hablando sobre ello, buscando información, pidiendo consejo… Esperamos encontrar la respuesta correcta, perfecta, LA respuesta. Y eso es un gran peso que nos puede llevar a caer en lo que se llama parálisis por análisis. Queremos responder a la pregunta “¿qué quiero?” mirando fuera, a los productos o expectativas sociales. Y sin embargo, ¿no parece mucho más lógico pensar que encontraremos la respuesta mirando dentro? Poder parar, conectar con nosotros y especialmente con nuestro cuerpo, nos ayudará a encontrar una respuesta más acorde con lo que de verdad nos mueve.
 

Compararse y comparar

También añade mucho sufrimiento la comparación en sus diferentes modalidades. “Los demás lo tienen todo muy claro, en cambio yo…”. Nos comparamos con los demás sin darnos cuenta de que en realidad nos estamos comparando con una idea que tenemos sobre ellos porque, de verdad, su experiencia interna no la conocemos. Y aún en el caso de que fuera cierto, quizás ahora es así pero mañana no sabemos cómo será… Incluso nos llegamos a comparar con una versión perfecta de nosotros mismos: “Debería saberlo”. Otra vez lo que genera la dificultad es mirar fuera en lugar de a uno mismo. Deja en paz a los demás y a tu yo ideal, ¿qué es lo real en ti ahora? Ahí encontrarás las respuestas.

Siguiendo con la comparación, también el hecho de comparar las posibilidades entre sí hace que la decisión sea más difícil. Es decir, lo que solemos hacer cuando nos debatimos entre dos opciones viene a ser algo parecido a este diálogo interno:

“- Elijo A

– Sí, pero es que B… No, no, mejor elijo B.

– Ya, pero es que A…”

Y así podemos perdernos en un eterno ping pong. Cuando entramos en el juego de la comparación nos colocamos en un lugar pero miramos hacia el otro. En lugar de eso asume que hay una parte de ti que quiere A y otra que quiere B. Trata de escuchar a cada una con curiosidad, cariño y atención. Ponte en el lugar de la que quiere A y sé exclusivamente esta (como si no existiera la opción B) y escucha lo que tiene que decirte: cómo se siente, cuales son sus miedos e ilusiones, sus anhelos, sus razones. No tengas prisa, mantente ahí hasta que haya expresado todo lo que necesite expresar (puede ser una buena idea escribirlo). Y cuando hayas terminado puedes hacer lo mismo con la parte que quiere B (te sugiero que cambies de lugar, te ayudará a cambiar de papel). Lo que sucede cuando entramos en este ping pong es que no escuchamos a ninguna de las dos partes, por eso no podemos llegar a ninguna conclusión.

 

Y todo con prisas, claro

También la prisa puede hacer que vivamos el momento con mucho más sufrimiento del necesario. Vivir el no saber puede ser muy incómodo y por eso nos ponemos a hacer cosas (pensar, indagar, comparar, etc.) para tratar de tranquilizarnos y acabamos consiguiendo el efecto contrario. En lugar de eso, como decía Rilke, ten paciencia con lo que no está resuelto en tu corazón.

Ten paciencia con todo aquello que no está resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño. No busques ahora las respuestas, que no se te pueden dar porque no podrías vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Vive ahora las preguntas

Rainer Maria Rilke

Permanecer y ser compasivo

Si lo real ahora es que no sabes, pues no sabes. Mantente ahí, sabiendo que es difícil. Quizás necesitas aprender algo antes de poder tomar esa decisión. En cualquier caso trátate con cariño, no te presiones. Si alguien querido está pasando por un mal momento no le gritas, no le exiges, no le menosprecias sino que le acompañas, le escuchas y le mimas. Haz esto mismo por ti ahora. Y vive las preguntas. Eso es lo real ahora. Lo demás son intentos de huir de la incomodidad. No la huyas, siéntela. Y trátate con compasión.
Y, para terminar, quizás te ayude pensar que una rosa no florece con esfuerzo. La vida hace, la vida es, la vida se da y no necesita tu ayuda, aunque no te lo parezca, siempre fluye sola. A veces me pregunto si no creemos demasiado en nuestra capacidad de decisión y demasiado poco en la vida. Hay un poema que a mi me gusta recordar a menudo:

El capitán no es el capitán. El capitán es el mar.

Jesús Lizano

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