Me gustaría hablaros de un mito culturalmente muy extendido: el del poeta maldito o genio loco (que son el mismo, uno en versión neurótica y el otro en patológica). Este mito viene con la creencia asociada de que la locura genera creatividad. Cuando digo “locura” no penséis en “excentricidad”. Lo nuclear en el poeta maldito no es su excentricidad sino su sufrimiento (sufre y hace sufrir mucho también). Lo que se deduce del mito esencialmente es que el sufrimiento genera creatividad. La exaltación de este mito y la fascinación que conlleva la vemos por todas partes (toda producción cultural que se precie que gire sobre la vida de un artista, ya sea este poeta, pintor, actor o cantante subrayará bien subrayado cuanto sufrió y cuan desgraciada fue su vida). Y hay algo muy peligroso en esto. Por una parte supone una suerte de banalización del dolor ajeno (hay algo de “ua, cuanto sufrió, como mola”). Y por otra, a quien se identifica con él lo deja en una especie de callejón sin salida, como si arte y sufrimiento tuvieran que ir necesariamente cogidos de la mano, como si fuera un precio a pagar. Creer esto convierte al artista de alguna manera en alguien “irresponsable” con respecto a su sufrimiento, como si no estuviera en sus manos. “Como soy artista tengo que sufrir” y la consiguiente espiral de (auto)destrucción que conlleva. Y es que, viviendo bajo este paradigma, parece que tengamos que elegir entre ser artista o ser feliz. Y vista así es una decisión muy difícil porque renunciar a ser artista es renunciar a ser uno mismo.

Vincent Van Gogh
Vincent Van Gogh

Autorretrato - 1887

Van Gogh Museum Amsterdam

Sin embargo a mi me parece que sí hay una salida en este callejón si cogemos la creencia y le damos la vuelta. Si invertimos el orden de las premisas y pensamos que quizás es la creatividad la que genera sufrimiento podemos adentrarnos un poco más en la cuestión. La creatividad viene dada por un determinado rasgo de la personalidad: la sensibilidad. La personalidad artística suele estar caracterizada por una alta sensibilidad. La sensibilidad es la capacidad de sentir, de percatarse: de lo interno, de lo externo, de lo agradable y de lo desagradable. ¿Qué le pasa a la gente muy sensible? Que tiene una capacidad de sentir superior a la media, se percata de lo más sutil, de lo que para otros pasa inadvertido.
Los esquimales tienen 30 nombres para el blanco. Allí dónde nosotros miramos y vemos un solo color, ellos ven 30. No porque nosotros seamos más tontos, básicos o insensibles, sino simplemente porque ellos están más en contacto con el blanco. Si a nosotros nos dejasen 5 años en el ártico también terminaríamos viendo e identificando esos 30 colores. La sensibilidad se entrena permaneciendo en el contacto y poniendo ahí la atención.

La sensibilidad se entrena permaneciendo en el contacto y poniendo ahí la atención.

Y es la sensibilidad la que lleva al arte y también al sufrimiento. Lleva al arte porque el arte es un impuso primario. Todos lo hemos hecho cuando éramos niños. Picasso decía “cada niño es un artista, el problema es seguir siendo un artista cuando creces”. Y es que los niños son más sensibles, están más en contacto con la realidad y menos con la idea de lo que es la realidad. O lo correcto. También están más en contacto consigo mismos: con lo que les gusta o les disgusta, con el presente, con su fantasía y con el juego. Y es que lo que sí va irremediablemente de la mano con el arte es la sensibilidad y la capacidad de jugar: de soñar, de improvisar, de investigar, de curiosear, de sorprenderse, de probar, de ir más allá del corsé de la razón, de buscar el placer sin más, de hacer por hacer (la finalidad del juego es el juego mismo). Estar vivo, realmente vivo, nos lleva a crear porque es nuestra condición innata.

Vincent Van Gogh
Vincent Van Gogh

Almendro en Flor - 1890

Van Gogh Museum Amsterdam

Vincent Van Gogh
Vincent Van Gogh

Zapatos - 1888

Metropolitan Museum de Nueva York

Pero ser sensible también conlleva sufrimiento, por varios motivos. Ser extremadamente sensible te permite llegar a las cotas más altas y también a las más bajas, te da un espectro más amplio de contacto con la experiencia (igual que los esquimales con el blanco). Pero a menudo la fuente más grande de sufrimiento es la incomprensión. La incomprensión propia (el “no sé qué me pasa” o “no lo sé manejar”, la sensación de que el estado de ánimo me lleva, de no estar al mando, de no tener salida) y sobretodo ajena (“eres un exagerado”, “eres débil”, “sensiblero”, “aguafiestas”, “pesimista”, “bicho raro”, “déjate de hostias y espabila”, “no te puedes quejar, al menos…”, “lo que tienes que hacer es…”, “tomate estas pastillas y te sentirás mejor”…). La persona sensible sufre porque no es entendida, ni respetada, ni valorada, llega a creer que es defectuosa o rarita, se siente sola. No hay empatía porque no se educa la sensibilidad, apenas se habla de ella. Las Humanidades tienen cada vez menos peso en la educación y en la mayoría de escuelas las artes son consideradas una perdida de tiempo o “manualidades”. Se les da a los niños mucha información pero lo esencial casi siempre queda fuera: escucharse, atenderse, quererse, respetarse, que se traducirá inevitablemente en: escuchar, atender, querer, respetar al otro, ya sea persona, animal, planta, cosa, entorno, Tierra… Hay que cambiar la educación para cambiar el mundo, como dice Claudio Naranjo.

¿Qué hubiera pasado si Van Gogh hubiera tenido apoyo psicológico? Esta pregunta ha sido la chispa que me ha llevado a escribir este artículo porque lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido “hubiera dejado de pintar” y esto me ha indignado. Me he revelado contra el paradigma social que colonizaba mi mente diciéndome “si Van Gogh hubiera dejado de sufrir no habría seguido teniendo la necesidad de sublimarlo a través del arte por lo que hubiera dejado de pintar”, es decir, “es el sufrimiento el que genera la creatividad”. No, el asunto es más profundo, como he tratado de explicar hasta ahora. Si Van Gogh hubiera ido a terapia, si hubiera tenido un interlocutor que le escuchara, le respetara, le acompañara a aprender a valorar y manejar su enorme capacidad para percibir y sentir, podrían haber pasado dos cosas:

1. Quizás no le hubiera servido de nada porque el dolor era demasiado profundo y se hubiera terminado suicidando de todos modos. Quizás hubiera llegado demasiado tarde porque, de hecho, la terapia siempre llega tarde, cuando el daño ya está allí, porque lo único que llega a tiempo es el amor y la educación recibidos en casa y en la escuela.

2. Pero a lo mejor hubiera podido abrir una brecha en su desesperación para poder decir “hoy no lo haré” y quizás hubiera conseguido, día a día, atravesar su dolor. Y hubiera seguido pintando, porque esa era su necesidad, derivada de su enorme sensibilidad.

¿Qué hubiera pintado Van Gogh siendo feliz? ¿Qué obras bellísimas nos hemos perdido de él? Acaso hay gente que piense: “cursiladas”, porque en ciertos entornos hay una especie de menosprecio de la felicidad. Cantarle a la vida no significa pintar un mundo color de rosa en el que sólo aparezca gente sonriendo y maripositas. En el canto a la vida también tiene lugar el dolor, porque forma parte de la experiencia humana. Poder estar con el dolor cuando aparece es sano. Lo que no es sano es el sufrimiento, estancarse en el dolor propio y regodearse en el ajeno. Probablemente Van Gogh hubiera seguido pintando lo mismo (aunque muchas obras más), viendo la belleza en lo humilde, en las mismas botas viejas o peladoras de patatas. Pero hubiera sufrido menos.

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